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Cambiando la dinámica de poder: en lo que se refiere a los derechos de la mujer no es (solamente) lo que financias, es a quién y cómo lo financias

En un contexto de amenazas crecientes a los derechos de la mujer, también estamos presenciando un profundo impulso hacia el progreso. Las mujeres y las niñas se están levantando, liderando movimientos, y creando un cambio transformador en sus comunidades y alrededor del mundo.

El resurgimiento del activismo relacionado con los derechos de la mujer ha sido global, y en años reciente ha visto un gran incremento en la atención prestada a los derechos humanos de la mujer y a la igualdad de género por parte de donantes internacionales y ONG internacionales.

Todo esto es bienvenido, pero como lo ilustra nuestra investigación en la solidaridad del movimiento internacional por los derechos de la mujer, existe un debate crítico que debe tenerse acerca de cómo el sistema de financiamiento a los programas que abordan los derechos de la mujer están replicando desigualdades estructurales y prejuicios que existen en organizaciones del Sur de los Estados Unidos y lideradas por mujeres.

A pesar de la evidencia que demuestra que las organizaciones de derechos de la mujer a nivel nacional y local han tenido un impacto decisivo en asegurar mejoras en políticas y legislación que protege los derechos de la mujer, la tendencia ha estados lejos de financiar a estas organizaciones, puesto que  la mayor parte de los fondos para organizaciones de la sociedad civil son canalizados a través ONG internacionales, casi todas ubicadas en el norte de los Estados Unidos.

Un estudio de 2016 de la Comité de Asistencia al Desarrollo de la OCDE encontró que, de los USD $35.5 billones que los donantes han brindado para apoyar la igualdad de género en 2014, cerca de USD $10 billones fueron a organizaciones de la sociedad civil (OSC) pero solamente el 8% fueron directamente a OSC en países en desarrollo, dejando el 92% en las manos de ONG internacionales. Esta desigualdad ha crecido en años recientes, con una disminución desde 2012 en la cantidad de apoyo a organizaciones en el mundo en desarrollo, y un incremento en el financiamiento a ONG internacionales.

Cuando el financiamiento no es provisto a través de organizaciones de la sociedad civil, es comúnmente canalizado a través de embajadas o grandes consultoras del sector privado. Estas organizaciones son parte firme del establecimiento; y no son necesariamente conocidas por ser inclusivas con las mujeres o minorías, particularmente en los niveles ejecutivos.

Aquellas personas con las que conversamos sentían que, de manera subyacente a la desigualdad en el acceso a los recursos, como también a la visibilidad y atención, se encuentran prejuicios de mucho tiempo alrededor de las mujeres del sur de los Estados Unidos y de países en desarrollo. Ellas son presentadas universalmente como empobrecidas, sin educación, carentes de conciencia acerca de sus derechos y de cualquier agencia para cambiar sus vidas, lo que hace que requieran a organizaciones del norte para guiarlas y aconsejarlas. Esta es una idea muy lejana a la realidad, pero que, desafortunadamente, se refuerza en las comunicaciones de muchas organizaciones internacionales que enfatizan su rol y experticia a expensas de reconocer el rol y el trabajo de las activistas locales o una representación con un mejor matiz de las mujeres que buscan “empoderar”. Existen incluso ejemplos de ONG internacionales cooptando historias del trabajo de organizaciones locales de derechos de la mujer para recaudación de fondos sin reconocer su rol o darles el dinero recaudado. Esto es un círculo vicioso: la falta de visibilidad del trabajo y éxito de las activistas en el Sur obstaculiza sus propios esfuerzos de recaudar fondos.

Existe, sin embargo, un debate creciente dentro de la comunidad del desarrollo y la filantropía acerca de cambiar la dinámica de poder y descolonizar el desarrollo y las relaciones de financiamiento. Es difícil ver como el financiamiento a los derechos humanos y de las mujeres pueden esperar alcanzar sus objetivos si continúa replicando, en vez de desafiando, estructuras y relaciones de poder existentes. Se ha perdido la oportunidad de reconocer que aquellas organizaciones que están integradas en las comunidades a las que sirven y representan están en mejores condiciones para abordar cuestiones de discriminación, desigualdad y marginalización, y que no solo son la alternativa más legitima para el cambio, sino también la más efectiva.

La comunidad del desarrollo no está consciente de la importancia de este cambio, vean, por ejemplo, las recientes discusiones en una importante conferencia de las ONG de desarrollo en el Reino Unido, y las ideas del saliente director ejecutivo de Oxfam Reino Unido acerca del poder y las alianzas. Pero, como el debate dentro fel sector humanitario lo ilustra, hay una amplia, y cada vez más vergonzosa, brecha entre retórica y acción. El escepticismo de la asistencia humanitaria, los múltiples desafíos que confrontan las ONG internacionales y el populismo en el Norte actúan en contra de comenzar a tomar los pasos correctos. Finalmente, sin embargo, como en cualquier cambio en la dinámica de poder, gran parte de la explicación para que el cambio sea tan lento, es que algunos deben perder poder para que otros lo ganen.

Por:  Rebecca Hanshaw. Directora de Global Fund for Women UKClaire Hickson. Directora Ejecutiva de Trio Policy Ltd

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