Artículos AFE

Todo lo antiguo es nuevo otra vez

Las catedrales, como los embutidos, se disfrutan más sin pensar demasiado de dónde vinieron.

El incendio de la semana pasada en Notre Dame de París, o mejor, la multimillonaria respuesta de la filantropía, ha enfurecido a los críticos de la filantropía. Lavado de imagen y reputación, incentivos tributarios para donativos, elusión del estado y una avalancha mucho más grande de aflicción y dinero por un viejo inmueble, que por la injusticia social.

El problema de los críticos con los donantes de Notre Dame no es nuevo en nuestro sector. Pero solamente rasguña la superficie de una interacción matizada de ética y filantropía que ha estado escondida a plena vista por 850 años.

Notre Dame de París fue construida bajo un modelo de cofinanciamiento a largo plazo: una inversión a gran escala en infraestructura social, si prefieren. Lo mismo es cierto para todas las grandiosas catedrales góticas que surgieron desde la cuenca de París y más allá de ella en un boom masivo de reconstrucción que duro desde principios de 1100 hasta el primer cuarto del siglo catorce.

Una parte de los ingresos vinieron del Estado, de la administración civil y de las instituciones de la ciudad. La mayoría de los canales de financiamiento estaban específicamente relacionados con proyectos de construcción eclesiástica. El obispo, el cabildo catedralicio y los canónigos de una catedral estaban obligados por ley a dedicarle una porción considerable de sus ingresos al tejido de la catedral y, por ende, eran generalmente los financiadores principales. Los impuestos, multas, las rentas de propiedad y los ingresos parroquiales de la diócesis también eran redirigidos. Esto causaba que ciertas tensiones se empezaran a generar. Con las familias terratenientes más prominentes estando generalmente en control de los puestos en el cabildo catedralicio, surgían conflictos entre comuneros y señores feudales, lo que causó que estallaran disturbios urbanos durante la construcción de catedrales en Beauvais, Laon, Reims y Troyes.

Más interesante aún eran las contribuciones voluntarias, que en años de auge sobrepasaban el financiamiento del cabildo de la catedral. ¿Qué causaba un año de auge? A veces una catástrofe, típicamente un incendio. Usualmente, era un evento de devoción sensacional, la adquisición de una reliquia, la canonización de un santo, o incluso un milagro. Como resultado de esto, los peregrinos iban en masa a la catedral para realizar penitencia y hacer obsequios. El rol altamente emotivo que las reliquias jugaron en los donativos devocionales a lo largo de la Europa medieval nos dice bastante sobre el poder que tenían los símbolos para conseguir obsequios. Igual que la aflicción pública en respuesta al incendio de Notre Dame. Los cabildos medievales sabían esto bien. Con frecuencia los días de los santos eran planeados para que coincidieran con ferias anuales para estimular las peregrinaciones y donativos.

La herramienta más importante de recaudación de fondos eran las indulgencias. Compradas por dinero, las indulgencias ofrecían al comprador redención por sus pecados y un tiempo reducido en el purgatorio. En resumen, almas en lugar de penitencia. Las indulgencias más antiguas y comunes en la Edad Media fueron las donaciones para la construcción de iglesias y catedrales. Los comisarios, quienes tenían la licencia para venderlas, acompañaban visitas a las reliquias como parte de una campaña concertada de recaudación de fondos organizada por las catedrales. Estas prácticas eran apenas inmunes al escrutinio. La parodia del comisario como un vendedor de moralidad cuestionable era un tema familiar en la Europa medieval, todavía conocido hoy gracias a los Cuentos de Canterbury de Chaucer.

Respecto al lavado de imagen y de reputación, los obispos y confesores estaban autorizados a designar res male  -objetos robados- para la construcción de catedrales, estos siendo bienes que, adquiridos de forma ilegal o inmoral, podían ser donados en retorno de la absolución de un pecado. Sin embargo, existían límites. Cuando el obispo Maurice de Sully empezó la reconstrucción de Notre Dame en el siglo doce, las prostitutas parisinas ofrecieron fondos para un vitral. Sully rechazó el regalo, pero no sin consultar a moralistas quienes sugirieron que, si fuera adquirido discretamente, el obsequio podría no causar objeción pública.

Notre Dame es un símbolo de los logros de la humanidad a través de la unidad cívica, fe, arquitectura, ingeniería y arte. Lamentamos su casi perdida. Es también -y siempre lo ha sido- un estudio de caso respecto a la ética del financiamiento y la filantropía. Lo que fue, será de nuevo.

Por: Dr. Matthew Ross  – Gerente senior de filantropía en la Royal Academy of Music.

Entradas relacionadas

Con el aumento de las protestas de la gente, ¿por qué los filántropos están quedando rezagados con respecto al cambio climático?

ComunicacionesAFE

Cambiando la dinámica de poder: en lo que se refiere a los derechos de la mujer no es (solamente) lo que financias, es a quién y cómo lo financias

ComunicacionesAFE

La financiación desencadenada: un enfoque activista para desatar el liderazgo LGBTQI en África Occidental

ComunicacionesAFE

Dejar un comentario

Entrar

X

Registrarse

X